5.12.2011

Showtime vol.5: Loco, loco, loco


Como ya sabrán, a fines de los años '60 y principios de los '70, la NBA debió convivir con otra liga profesional en los Estados Unidos. Una liga en la que, aún más que en su hermana mayor, el motor estaba constituido por el espectáculo y el combustible era cierto polvo blanco de procedencia sudamericana (?). Una liga caótica, espectacular y deliciosamente desquiciada. Una liga cuyo rey, por un breve tiempo, fue John Brisker, uno de los seres vivos más desquiciados en haber practicado el baloncesto profesional

Nacido un 15 de Junio de 1947 en la ciudad de Detroit, Michigan, una de las grandes cunas de jugadores de basket de los Estados Unidos, Brisker destacó rápidamente desde el secundario en el fútbol americano, y aunque coqueteó con ese deporte (en la universidad fue ojeado por distintos equipos de la NFL), terminó decantándose por el basket, en principio de forma recreativa, y luego en vistas de que ello le valía para ganarse la vida.
Ya en la Toledo University, pasó tres cursos como trombonista en la banda de la universidad, y tan solo en su último año comenzó a jugar al baloncesto. Su cuerpo era realmente imponente para ese entonces. Eran 1.95 metros y más de 110 kilos que lo convertían en un portento difícil de enfrentar, y mucho más difícil de detener. Al formar parte de una universidad pequeña, y de no haber tenido una gran carrera en el college, no recibió demasiadas ofertas, pero llegó a ser drafteado por los Pittsburgh Pipers (luego Condors) de la ABA.


En la liga de balones tricolores se convirtió rápidamente en una estrella, y uno de los jugadores más impactantes a la vista. Abusando físicamente de sus rivales, tanto en ataque como en defensa, inmediatamente se transformó en el escolta reboteador más importante de la competición. Sus números en ataque eran también algo más que notable. En su primera temporada promedió 21 puntos y 5.7 rebotes, explotando en su año como sophomore con 29.3 puntos y 9.7 rebotes por partido. De pronto las gradas en Pittsburgh estallaban, buscando presenciar a la jóven bestia que lideraba el equipo, y que en tan solo su segundo año en la liga se transformaba en All Star.

Brisker era realmente bueno. De esos freaks atléticos que comenzaron la revolución del juego en los '70. Había preferido aterrizar en la desestructurada ABA porque la consideraba más acorde al espíritu afroamericano, en contra de la rígida NBA. Era un acérrimo defensor de los derechos civiles de la minoría negra, llegando incluso a dar clínicas gratuitas de basket en distintos barrios carenciados.

John fue espectáculo, pero no solo deportivamente. Todos sabían que, más temprano que tarde, habría de desvirtuar cualquier situación de la que formara parte. Su adicción a la cocaína potenciaba un carácter agresivo de por sí, llevándolo a situaciones como las de un partido en el que, luego del entretiempo, no volvió a la cancha. Sus compañeros lo buscaron por todos lados, y lo encontraron recién en los vestuarios dando una brutal golpiza a un rival. A duras penas pudieron detenerlo, luego de dudar si entrometerse o no, temiendo una represalia del violento escolta.
Sus estallidos comenzaron a hacerse más y más frecuentes, por lo que su equipo decidió contratar a un ex jugador de fútbol americano para que lo controlara. Durante un entrenamiento, y tras varias amenazas, el empleado le amenazó con comenzar a llevar un arma y Brisker fue al vestuario para retornar empuñando una pistola. Nadie daba crédito a sus ojos.



El resto de los equipos le temían aún más. En un partido contra los Utah Stars, se armó gran revuelo porque los de Salt Lake decidieron planificar y promocionar la "Noche de intimidación a John Brisker". Contrataron matones que se ubicaron a un costado del campo de juego esperando que el explosivo escolta les diera una oportunidad para entrar a golpearlo. No era para menos. Cuando jugó su primer partido de All Star, se enteró que cada jugador habría de cobrar $300 por participar en el mismo, y apenas finalizó el juego corrió hacia el comisionado de la liga, lo tomó del saco y le exigió que le entregara su paga inmediatamente.
Por momentos dominaba la competición a voluntad, aprovechándose del miedo que marcarlo provocaba en los rivales, que preferían dejarlo suelto a tener que afrontar las réplicas. Frenarlo parecía imposible, hasta que el técnico de los Dallas Chaparrals ofreció en su vestuario $500 a aquel jugador que tumbara a Brisker. Lenny Chapell, un blanco grandote, se ofreció para la tarea, y en medio del partido le soltó una castaña de tal magnitud que John quedó desparramado y sin volver a influir en el resultado del juego a pesar de recuperarse.

Luego de su paso por Pittsburgh recaló en los Seattle SuperSonics de la NBA, donde tendría una primera temporada aceptable con 12.8 puntos y 4.6 rebotes por partido. Su estrella se apagaría prematuramente, quedando libre en 1975, con tan solo 28 años. Intentó un regreso participando en torneos menores (la EBA especialmente), pero con su otrora poderoso físico consumido por la cocaína le fue imposible retornar al nivel de juego de antaño.

En 1978 pondría fin a su leyenda como todo hombre de acción debería hacer. Viajó a Uganda a enrolarse entre las huestes del dictador africano Idi Amin. Se registró una llamada suya a los Estados Unidos ese mismo año, y nunca más se volvió a saber nada de este extraño personaje que había sabido convertirse en uno de los mejores jugadores de la historia de la ABA, y, probablemente, en el personaje más increible y violento que haya pisado jamás una cancha de basket.

2 comentarios:

  1. Hoy me acordé de que no lo había leido, gran post...

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  2. Pareece que lo fusilaron en Uganda en 1979, caudno derrocaron a Amin

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