
La fecha es 17 de marzo del año de nuestro señor 1990. El lugar, como no, Las Vegas, Nevada, Estados Unidos. La adrenalina se siente en el aire. El boxeo ha concluido su etapa más dorada y muchos parecen intuirlo. Leonard, Hagler, Durán, Hearns y Benítez no están ahí, o al menos no más en su plenitud. La gran joya de los pesos pesados, el campeón más joven de la historia, un tal Mike Tyson, ya ha sido batido en una sorpresiva velada por un casi desconocido Buster Douglas. En este marco pesimista, una leyenda continúa en pie. El nombre es Julio César Chávez, es mexicano, está invicto con 60 peleas ganadas y 55 por la vía rápida, campeón mundial Welter Junior de la CMB, y se prepara para enfrentar al norteamericano Meldrick Taylor, campeón en la misma categoría por la FIB, también invicto con 24 victorias y un empate.
Uno siempre se ilusiona con un gran combate. Bueno, este superó cualquier expectativa previa.
Como dijimos, el boxeo estaba hambriento de un gran suceso, y Chávez-Taylor era precísamente lo que todos buscaban. Ambos boxeadores hacían alarde de un récord inmaculado, eran toda una sensación cada uno en su propio país, y al mismo tiempo se trataba de un choque de estilos de esos que atraen una marejada de gente: el guapo, valiente y duro golpeador contra el rápido, técnico y escurridizo atleta.
Uno siempre se ilusiona con un gran combate. Bueno, este superó cualquier expectativa previa.
Como dijimos, el boxeo estaba hambriento de un gran suceso, y Chávez-Taylor era precísamente lo que todos buscaban. Ambos boxeadores hacían alarde de un récord inmaculado, eran toda una sensación cada uno en su propio país, y al mismo tiempo se trataba de un choque de estilos de esos que atraen una marejada de gente: el guapo, valiente y duro golpeador contra el rápido, técnico y escurridizo atleta.

Julio César Chávez, era ya a esta altura del partido una verdadera leyenda viviente del boxeo mexicano, siendo un elemento sustancial no solo del deporte azteca, sino de la cultura misma del país. Nacido en Obregón el 12 de julio de 1962, hijo de un ferroviario, vivió junto a sus progenitores y nueve hermanos en un vagón abandonado durante mucho tiempo. La situación de precariedad de su familia lo llevó a convertirse en profesional a la temprana edad de 17 años. En sus primeros tres años en el profesionalismo, concretó y ganó la friolera de 41 peleas, escalando de forma segura en el complicado campo de la admiración popular. Con 22 años recién cumplidos, a JC se le dio la oportunidad de afrontar su primer combate por un título, en Los Angeles y contra una bestia llamada Mario Martínez. Chávez lo demolió, a pesar de que todas las apuestas estaban en su contra, ganando así su primer campeonato del mundo.
La naturaleza de sus orígenes, sumado a su contrastada valentía sobre el ring, y su patriotismo siempre explícito, con la bandera tricolor acompañándolo omnipresente, hicieron que conforme avanzaban los años el público mexicano se enamorara profúndamente de la figura de JC.
Era el estereotipo de peleador azteca, llevado a los límites más extremos: valiente, capaz de recibir docenas de golpes con tal de propinar un par, pero siempre un par de esos que dañan en serio; con una mandíbula que podría detener a un panzer lanzado en velocidad; y con bravura y algunas artimañas de dudosa legalidad siempre dispuestas a salir a la luz cuando fuera necesario.
La naturaleza de sus orígenes, sumado a su contrastada valentía sobre el ring, y su patriotismo siempre explícito, con la bandera tricolor acompañándolo omnipresente, hicieron que conforme avanzaban los años el público mexicano se enamorara profúndamente de la figura de JC.
Era el estereotipo de peleador azteca, llevado a los límites más extremos: valiente, capaz de recibir docenas de golpes con tal de propinar un par, pero siempre un par de esos que dañan en serio; con una mandíbula que podría detener a un panzer lanzado en velocidad; y con bravura y algunas artimañas de dudosa legalidad siempre dispuestas a salir a la luz cuando fuera necesario.
Meldrick "TNT" Taylor nació el 19 de octubre de 1966 en la ciudad de Philadelphia, uno de los centros boxísticos más importantes de los Estados Unidos, habiendo sabido dar al mundo púgiles como "Smokin'" Joe Frazier. Con una impresionante y exitosa carrera como amateur que le dejó un récord de 99 victorias y tan solo 4 derrotas, Taylor fue llamado a participar en el equipo norteamericano que se presentaría en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984. Allí formó parte de uno de los mejores teams olímpicos de la historia, junto a nombres de la talla de Evander Holyfield y Pernell Whitaker, quienes cosecharon la friolera de 9 medallas doradas para los Estados Unidos.Meldrick era un peleador entretenido de ver, rápido, certero, algo sobrador, y amaba dar espectáculo. Aquello hizo que tanto el público como la prensa especializada de norteamerica se enamorara de ese carismático pugilista que algunos osaban comparar con el mismísimo Sugar Ray Leonard. Con toda la maquinaria mediática puesta al servicio del hype de rigor, Taylor rápidamente fue tomado en cuenta como un verdadero contendiente, y en 1988 consiguió el título mundial de la FIB tras derrotar por TKO a James McGirt en New Jersey.
Su velocidad era impactante y su técnica, exquisita, pero sin embargo era un boxeador de Philadelphia en todas las de la ley y aquello por momentos le jugaba en contra. Ser de Philly significaba, en lo más profundo de su ser, el desear el intercambio de golpes furioso, lo que en ocasiones lo hacía empantanarse contra rivales mucho menos talentosos, en lo que era un riesgo innecesario para su persona.
Y así llegó la fecha de la pelea, y el Hilton de Las Vegas estaba a reventar. Todo estaba dispuesto para que esta batalla se llevara a cabo, y los periodistas especializados en boxeo no hacían sino aumentar las expectativas del público a sabiendas de que se trataba de un gran encuentro. No sabían qué tan en lo cierto estaban.

El combate se inició con un Meldrick Taylor que tomaba la iniciativa dejando completamente de lado las dudas que su juventud y falta de experiencia generaban en la mayor parte del público. Haciendo gala de la velocidad que lo caracterizaba, apabulló sin misericordia a un Chávez que se vio completamente sobrepasado por la situación. Los golpes llovían sobre el mexicano, que tan solo de vez en cuando atinaba a responder, con fuerza, si, pero a cuentagotas. Taylor bailaba, se movía con fluidez por todo el ring, y castigaba a su rival demostrando una superioridad inmensa.
Consecuentemente, round tras round, los puntos recaían del lado del norteamericano. Esto llevó a que desde su esquina comenzaran a indicarle que le convenía disminuir el ritmo de la pelea, en vistas a que esta estaba virtualmente ganada. Taylor desoyó estos consejos y, siguiendo su naturaleza de boxeador de Philadelphia, continuó castigando al máximo de revoluciones a Chávez, que increiblemente no levantaba cabeza. No se lo notaba lastimado, sino impotente, encontrándose atado a merced de ese veloz y letal gringo que acertaba golpe tras golpe tras golpe. Desde su esquina, parecían intentar despertarlo. "¡Vamos Julio, un esfuerzo más! ¡Por tu familia!". Pero esa pelea estaba completamente perdida.
Taylor ganó tranquilamente los primeros 9 rounds, contra un Chávez que conectaba, con suerte, un golpe por cada cuatro del norteamericano. Uno cada cuatro, solamente. Pero uno cada cuatro, multiplicado con los rounds que iban pasando, comenzaban a convertirse en un castigo también para Taylor, quien veía como sus combinaciones aterrizaban impolutas sobre rostro y cuerpo del mexicano sin rematarlo. Meldrick golpeaba más y más directo, pero JC lo estaba desgastando asalto a asalto. Taylor buscaba hacer explotar a su contrincante. Chávez buscaba hacer implotar al suyo.
En ese sentido Chávez demostró que había una faceta en la que el de Philadelphia no podía igualarlo. Su fortaleza psicológica y resistencia física estaban fuera de toda medida humana. Siendo castigado de esa forma durante casi la totalidad del enfrentamiento, y habiendo perdido prácticamente todos los rounds, seguía allí devolviendo cada vez que podía. Y de a poco logró revertir un poco la situación. Era el décimo round. Demasiado tarde, ya. La pelea estaba perdida.
Chávez continuó con lo suyo, pero conforme pasaban los segundos, Taylor ofrecía menos resistencia. El mexicano se encontraba en su salsa. Ambos cercanos, con un Meldrick que ya no bailaba, ya no daba muestras de ese talento y velocidad que habían enamorado a la prensa estadounidense. JC no era rápido. Ahí iba el golpe. Y entraba. Taylor no tenía más nafta en el tanque, y cuando sonó la campana confundió la esquina a la que debía dirigirse, en una clara demostración de su mal estado.
Pero las tarjetas daban muy tranquilamente ganador al yanki. Tan solo debía mantenerse en pie un round más. Un round más. Y allí se cometió un gravísimo error. Las cámaras mostraron como en la esquina de Taylor le aconsejaban que saliera a ganar el último asalto, que la pelea estaba demasiado pareja. La mirada del boxeador estaba perdida. Su espíritu roto. Aún así, salió a dejar lo último que le quedaba.
El doceavo asalto arrancó, como venía la mano. Chávez intentando sacarle la humanidad a piñas a su contrincante, quien valientemente respondía golpe por golpe, olvidando que era más rápido y que podía moverse con mucha mayor facilidad por el ring. En un momento, intentando conectar, Taylor se resbaló. Nadie lo tomó demasiado en serio. Vamos, este tipo estaba ganando la pelea de forma demasiado cómoda. Pero ahí seguía. Frente a frente con Chávez, con la cara hecha un desastre y los ojos completamente cerrados por las heridas.
Y entonces lo inesperado. Faltando unas decenas de segundos, Chávez mete uno, dos, tres golpes, que Taylor siente como si todos los caballos de Genghis Khan le patearan la cara al unísono. Y ahí nomás, el estadounidense se vino abajo. Tanto en sentido literal como figurado. El árbitro realizó el conteo, y vio que Taylor se levantaba, pero cuando este no pudo responder de forma coherente a sus preguntas, dio por finalizado el combate. Faltaban dos segundos, y Julio César Chávez con este TKO ganaba su pelea número 61, y unificaba los títulos de Welter Junior de la CMB y la FIB.
El resultado fue toda una conmoción. Muchos acusaron al referee Richard Steele de haberle robado la victoria a Taylor. Sin embargo, el árbitro declaró que dos veces le preguntó al estadounidense si estaba bien, y que este no pudo siquiera hilvanar una respuesta tan simple como la que una inquisición así ameritaba. El parte médico le dio la derecha a Steele. Taylor debió ser hospitalizado apenas concluyó el combate, y según el médico que lo examinó "sufrió una fractura facial, orinaba sangre pura, y su rostro estaba completamente inflamado... era un chico al que se le había destruido la cara, el cuerpo y el cerebro."
Taylor continuó orinando sangre durante una semana completa y nunca más volvió a ser el mismo, prosiguiendo una carrera que, de allí en adelante, fue poco más que mediocre. Poco a poco, comenzaron a circular versiones que decían que había sufrido un daño cerebral considerable, y se le empezó a negar la licencia para boxear. Unos años después, volvería a pelear contra Chávez, y caería nuevamente, esta vez por un claro KO. Hoy día, sufre un impedimento serio para hablar en contraste con la fluidez que caracterizaba a la verba de su juventud. La mayoría culpa de esto al castigo que sufrió en su combate con JC. Verlo hablar hoy por hoy, como se lo vio en 2002 para un documental de HBO le parte a uno el alma.
Chávez, ya transformado en una mega celebridad internacional, y siendo un héroe nacional en México, continuó su exitoso trajinar profesional, invicto por 21 peleas más, hasta que boxeadores más jóvenes como Pernell Whitaker, Frankie Randall y Oscar de la Hoya demostraron ser demasiado para él. Aún así, se mantuvo en actividad incluso pasado su mejor momento, se volteó a Salma Hayek (crack), y se retiró en 2005 para dedicarse full time a entrenar a su hijo (sigh) Julio César Chávez Jr... un bulto con muchísima suerte, y la prueba viviente de que la genética también falla.
Consecuentemente, round tras round, los puntos recaían del lado del norteamericano. Esto llevó a que desde su esquina comenzaran a indicarle que le convenía disminuir el ritmo de la pelea, en vistas a que esta estaba virtualmente ganada. Taylor desoyó estos consejos y, siguiendo su naturaleza de boxeador de Philadelphia, continuó castigando al máximo de revoluciones a Chávez, que increiblemente no levantaba cabeza. No se lo notaba lastimado, sino impotente, encontrándose atado a merced de ese veloz y letal gringo que acertaba golpe tras golpe tras golpe. Desde su esquina, parecían intentar despertarlo. "¡Vamos Julio, un esfuerzo más! ¡Por tu familia!". Pero esa pelea estaba completamente perdida.
Taylor ganó tranquilamente los primeros 9 rounds, contra un Chávez que conectaba, con suerte, un golpe por cada cuatro del norteamericano. Uno cada cuatro, solamente. Pero uno cada cuatro, multiplicado con los rounds que iban pasando, comenzaban a convertirse en un castigo también para Taylor, quien veía como sus combinaciones aterrizaban impolutas sobre rostro y cuerpo del mexicano sin rematarlo. Meldrick golpeaba más y más directo, pero JC lo estaba desgastando asalto a asalto. Taylor buscaba hacer explotar a su contrincante. Chávez buscaba hacer implotar al suyo.
En ese sentido Chávez demostró que había una faceta en la que el de Philadelphia no podía igualarlo. Su fortaleza psicológica y resistencia física estaban fuera de toda medida humana. Siendo castigado de esa forma durante casi la totalidad del enfrentamiento, y habiendo perdido prácticamente todos los rounds, seguía allí devolviendo cada vez que podía. Y de a poco logró revertir un poco la situación. Era el décimo round. Demasiado tarde, ya. La pelea estaba perdida.
Chávez continuó con lo suyo, pero conforme pasaban los segundos, Taylor ofrecía menos resistencia. El mexicano se encontraba en su salsa. Ambos cercanos, con un Meldrick que ya no bailaba, ya no daba muestras de ese talento y velocidad que habían enamorado a la prensa estadounidense. JC no era rápido. Ahí iba el golpe. Y entraba. Taylor no tenía más nafta en el tanque, y cuando sonó la campana confundió la esquina a la que debía dirigirse, en una clara demostración de su mal estado.
Pero las tarjetas daban muy tranquilamente ganador al yanki. Tan solo debía mantenerse en pie un round más. Un round más. Y allí se cometió un gravísimo error. Las cámaras mostraron como en la esquina de Taylor le aconsejaban que saliera a ganar el último asalto, que la pelea estaba demasiado pareja. La mirada del boxeador estaba perdida. Su espíritu roto. Aún así, salió a dejar lo último que le quedaba.
El doceavo asalto arrancó, como venía la mano. Chávez intentando sacarle la humanidad a piñas a su contrincante, quien valientemente respondía golpe por golpe, olvidando que era más rápido y que podía moverse con mucha mayor facilidad por el ring. En un momento, intentando conectar, Taylor se resbaló. Nadie lo tomó demasiado en serio. Vamos, este tipo estaba ganando la pelea de forma demasiado cómoda. Pero ahí seguía. Frente a frente con Chávez, con la cara hecha un desastre y los ojos completamente cerrados por las heridas.
Y entonces lo inesperado. Faltando unas decenas de segundos, Chávez mete uno, dos, tres golpes, que Taylor siente como si todos los caballos de Genghis Khan le patearan la cara al unísono. Y ahí nomás, el estadounidense se vino abajo. Tanto en sentido literal como figurado. El árbitro realizó el conteo, y vio que Taylor se levantaba, pero cuando este no pudo responder de forma coherente a sus preguntas, dio por finalizado el combate. Faltaban dos segundos, y Julio César Chávez con este TKO ganaba su pelea número 61, y unificaba los títulos de Welter Junior de la CMB y la FIB.
El resultado fue toda una conmoción. Muchos acusaron al referee Richard Steele de haberle robado la victoria a Taylor. Sin embargo, el árbitro declaró que dos veces le preguntó al estadounidense si estaba bien, y que este no pudo siquiera hilvanar una respuesta tan simple como la que una inquisición así ameritaba. El parte médico le dio la derecha a Steele. Taylor debió ser hospitalizado apenas concluyó el combate, y según el médico que lo examinó "sufrió una fractura facial, orinaba sangre pura, y su rostro estaba completamente inflamado... era un chico al que se le había destruido la cara, el cuerpo y el cerebro."
Taylor continuó orinando sangre durante una semana completa y nunca más volvió a ser el mismo, prosiguiendo una carrera que, de allí en adelante, fue poco más que mediocre. Poco a poco, comenzaron a circular versiones que decían que había sufrido un daño cerebral considerable, y se le empezó a negar la licencia para boxear. Unos años después, volvería a pelear contra Chávez, y caería nuevamente, esta vez por un claro KO. Hoy día, sufre un impedimento serio para hablar en contraste con la fluidez que caracterizaba a la verba de su juventud. La mayoría culpa de esto al castigo que sufrió en su combate con JC. Verlo hablar hoy por hoy, como se lo vio en 2002 para un documental de HBO le parte a uno el alma.
Chávez, ya transformado en una mega celebridad internacional, y siendo un héroe nacional en México, continuó su exitoso trajinar profesional, invicto por 21 peleas más, hasta que boxeadores más jóvenes como Pernell Whitaker, Frankie Randall y Oscar de la Hoya demostraron ser demasiado para él. Aún así, se mantuvo en actividad incluso pasado su mejor momento, se volteó a Salma Hayek (crack), y se retiró en 2005 para dedicarse full time a entrenar a su hijo (sigh) Julio César Chávez Jr... un bulto con muchísima suerte, y la prueba viviente de que la genética también falla.
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